18-12-2019 / 22:19 h EFE

Hay pequeños gestos de humanidad que lo cambian todo, que transforman un muelle en el lugar más acogedor del mundo, que convierten en amigos a unos señores de uniforme aunque no los entiendas... Sobre todo, si no has cumplido dos años y al bajar de una patera alguien te recibe con un cuento.

Esta tarde, se ha vivido uno de esos instantes en el puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, cuando una patrullera de Salvamento Marítimo desembarcaba a 63 personas rescatadas de dos pateras a más de 110 kilómetros de las islas, tras cinco o seis días en el mar.

De repente se puso en marcha la misma rutina de siempre, la que los cuerpos de emergencias y seguridad tienen más que entrenada este año en el que la afluencia de pateras casi se ha duplicado en Canarias: se preparan las mantas para recibir a los que llegan, se monta un hospital de campaña por si alguien necesita ayuda urgente, se organizan los primeros trámites de identificación policial....

Dos pateras más, aunque esta vez tienen algo especial. Hay un número pocas veces visto de bebés entre ocupantes: seis niños pequeños con aspecto de no haber cumplido los dos años. Algunos claramente parecen bebés de poco más de seis meses.

Y todo cambia cuando uno de ellos sale de la tienda de campaña en la Cruz Roja en brazos de un policía local mostrando a cuantos le rodean un cuaderno con dibujos animados. Quizás el niño ha reconocido a los PJ Maks, a Gatuno, Buhíta y Gekko, los héroes de miles de niños en Europa. O quizás no, quizás no sabe quiénes son.

Pero está claro que le encantan. Se ve su cara, se ríe, levanta los brazos con alborozo, juega con el policía, chilla, busca con la mirada a los otros niños de la patera. Entonces, aparecen dos críos más, uno de su edad y otro más pequeño aún, esta vez en brazos de voluntarios de la Cruz Roja. El mundo ha cambiado a su alrededor.

El mayor de los dos extiende sus brazos hacia el pequeño y lo abraza. El chiquitín responde. ¿Serán hermanos? Los dos miran al frente felices, con una de esas sonrisas que solo sale de un niño.

Sus madres no están en la escena. Los sanitarios se las han llevado para que se laven, se cambien de ropa y las revise un médico, porque algunas están débiles. Los niños, no. Llegaban embutidos en gruesos abrigos acolchados, con la capucha puesta, pasados de brazo en brazo por sus compañeros de patera.

"Son los que mejor han llegado", cuenta un portavoz de la Cruz Roja. "Los cuidan mucho, todos están pendientes de ellos".

Los pequeños están felices, en sus ojos no se ve ni el cansancio ni el miedo que rezuman sus 55 compañeros de travesía, en los que han hecho mella seis días de océano, frío y humedad y el temor a que el combustible se acabe, el motor se gripe o a el patrón se pierda.

La escena es de lo más feliz. Pero esos niños no son conscientes del riesgo que han corrido, seguro que ni ellos ni sus madres saben la suerte que corrieron hace solo unos días 190 personas como ellos en Mauritania cuando una ola volcó su cayuco camino de Canarias. Se teme que murieron la mitad, aunque solo se recuperaron 63 cuerpos.

Las ONG llevan semanas advirtiéndolo: Se ha reactivado la ruta marítima desde África Occidental a las Islas Canarias, una de las más peligrosas que puede escoger un emigrante que sueña con empezar una nueva vida en Europa. Más de 200 personas han muerto en ella este año, aunque la cifra solo es estimativa, porque a muchas pateras se las traga el mar sin que se sepa nunca más de ellas.

Y se percibe otro cambio a bordo de esas barquillas: en los últimos meses llegan con frecuencia mujeres embarazadas y cada vez más niños pequeños. Como los seis de este miércoles, pero a ellos los han rescatado de esa pesadilla Gatuno, Buhita y Gekko.

 
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