20-04-2020 / 11:01 h EFE

José Luis, María y Daniel son los tres únicos habitantes de Cubillo de Ojeda (Palencia) y viven estos días, cuando todo el mundo está confinado en pocos metros cuadrados, un aislamiento "diferente" desde las ventanas de una casa que se abre a un pueblo entero y al paisaje de la España vacía.

Ellos conocen muy bien el sentido de la palabra "aislamiento" porque, de alguna manera, siempre han vivido aislados en este pequeño pueblo situado a 12 kilómetros de Cervera de Pisuerga y a cien de la capital palentina.

"Pero nunca nos hemos sentido solos", asegura a Efe José Luis Fraile, el cabeza de familia y alcalde de esta pedanía que solo suma otros dos habitantes, su mujer, María Dolores, y su hijo Daniel, de 7 años.

Ellos son los tres vecinos de Cubillo de Ojeda, -"que no es lo mismo que Cubillo de Castrejón", puntualiza Daniel durante la videollamada-. Un pueblo atravesado por la carretera comarcal que une Cervera y Herrera y que deja, a un lado y a otro del arcén, casas deshabitadas, vacías, iconos ruinosos de esa España que solo hace un año invadía las ciudades para gritar su aislamiento.

Solo en una casa, a la derecha según se sube hacia Cervera, se ve ropa colgada en un tendal, señal de vida, siempre, y ahora, de desinfección y limpieza para luchar contra un virus desconocido que se ha metido en todos los rincones, incluso en los más vacíos.

"Es todo un poco extraño", asegura María, que no entiende muy bien un confinamiento en un pueblo vacío, pero inmediatamente reconoce otras ventajas, como "la de trabajar al lado de casa" y poder desdoblarse para cuidar a Daniel, ocuparse de "la casa" y ayudar a José Luis ahora que están pariendo las ovejas y "hay mucha faena".

"Nosotros no hemos dejado de hacer lo que hacíamos siempre, porque somos ganaderos de ovino y no podemos parar", apunta José Luis, mientras reconoce que su cuarentena es un poco especial porque tienen el trabajo en el campo, al lado de casa, y una casa grande, con corral y jardín.

Con ventanas que se abren a la Montaña Palentina y a un pueblo entero que comparten con seis perros, algunas cabras y gallinas y un rebaño de 700 ovejas. "De raza churra", puntualiza José Luis, que aprovecha cualquier ocasión para invitar a consumir lechazo con la vitola roja de la IGP Castilla y León .

"El que más morro tiene es mi padre", dice Daniel, porque se pasa el día de la nave a casa y de casa a la nave, y pastoreando su rebaño con la compañía de la Mora y el Nemo, que hoy le miran con ojos tristes porque no saben si la lluvia les dejará salir.

Con ellas sube al monte. Y recorre el pueblo, porque no molesta a nadie. Y llega hasta la otra punta, donde está la iglesia de San Pedro, que tiene pegado un cementerio con más tumbas que habitantes.

Es un ejemplo del románico más rural y también está confinada, en este caso por el virus de la despoblación, porque solo abre sus puertas cuando algún turista ocasional pide verla o para decir misa en San Pedro, una vez al año. "Y cuando celebramos nuestras bodas de plata", añade María.

Tampoco suenan las campanas a las doce del mediodía, porque no hay nadie que las haga sonar. Tampoco sonaban antes del confinamiento. Pero sí se han dejado de oír otros sonidos antes habituales, el del autobús que recogía a Daniel para ir al cole, el de los cafés y las conversaciones con las amigas en Cervera.

Un silencio que solo rompen los balidos de las ovejas, los ladridos de los perros y claxon del panadero de Perazancas que pasa cada tres días y les deja el pan a la puerta. "Y el coche de la Guardia Civil cuando pasa por la carretera", añaden.

Desde este paisaje miran con preocupación hacia fuera. "Incluso aquí aislados te entra la obsesión de la limpieza", señala María. Aunque ellos no tengan que ponerse guantes ni mascarilla cuando van al trabajo. "Solo las dos veces que he ido al súper a Cervera". No ha hecho falta más porque tienen el arcón lleno, no ahora por el confinamiento, de siempre, costumbres de los pueblos.

Daniel presenta a su cordera favorita, que parece posar mirando al teléfono. "Nació hace once días", dice ufano. "Es el que mejor lo lleva", sostiene su madre. "Le encantan los animales, está al aire libre", añade. "Y hasta nos echa una mano marcando las ovejas o poniendo crotales", continúa orgulloso su padre.

Cuentan que incluso ha ayudado a nacer a un cordero. Su madre lo grabó con el móvil y lo compartió en el grupo de clase para que lo vieran los demás niños. "Menuda clase de Ciencias Naturales", sostiene María, dando gracias porque la señal de internet llegue hasta este pueblo. "A trompicones, pero llega", subraya.

Porque su mundo también se ha reducido estos días extraños en que el móvil es su único contacto con el exterior. Y como ya hacían antes (eso no ha cambiado), miran por la ventana y se preguntan por qué se deja morir a los pueblos, con todas las ventajas que ofrecen.

Parece que el coronavirus ha venido a darles la razón: "si los países que viven más dispersos están teniendo menos problemas, habrá que favorecer la vida en los pueblos, digo yo", zanja José Luis, con los balidos de sus ovejas de fondo, como si ellas también quisieran opinar sobre esto.

 
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