24-04-2020 / 11:30 h EFE

El confinamiento ha obligado al voluntariado de Zaragoza a reinventarse para seguir prestando un servicio social en una ciudad que ya no organiza grandes eventos deportivos, culturales ni solidarios como consecuencia de la crisis sanitaria del coronavirus.

Forman un equipo de casi 4.000 personas pero muchas de ellas son consideradas como perfil de riesgo debido a su edad, por lo que han cambiado su tradicional chaleco rojo por un teléfono móvil o un ordenador portátil para seguir colaborando desde sus hogares.

Las llamadas de atención a colectivos vulnerables, la confección de mascarillas o la gestión de las donaciones para organizaciones sin ánimo de lucro son algunas de las nuevas tareas que cumplen escrupulosamente para vencer a la COVID-19.

Carmen Santafé tiene 69 años y lleva casi una década colaborando como voluntaria con el Ayuntamiento de Zaragoza, desde que se jubiló de su trabajo como enfermera laboral y decidió que quería seguir ayudando a la comunidad.

Cada jueves acudía a la Casa de Amparo, una de las residencias municipales para personas de la tercera edad de Zaragoza, donde acompañaba a los residentes en largos paseos e intensas conversaciones.

Ahora, se ha apuntado para el servicio de llamadas que coordina la plataforma solidaria Zaragoza Ayuda, que le pone en contacto con personas mayores para que siga charlando con ellas a través del teléfono.

"Tienen mucha soledad. Es una pena que una generación que ha pasado tanto, que ha levantado a España, ahora tengan que estar solos", ha lamentado la voluntaria.

Los residentes le cuentan con "felicidad" las anécdotas que están viviendo durante el confinamiento del coronavirus, como las visitas de los equipos de desinfección de la Unidad Militar de Emergencias (UME) que rompen su rutina diaria.

No es la única labor que ha continuado haciendo Santafé, que también ha coordinado su particular circuito para la entrega de mascarillas, que le hacen llegar otras organizaciones sociales para que se las entregue a su hija, quien trabaja en un centro de salud.

"Cada uno nos hemos buscado la vida para seguir con el espíritu del voluntariado. Somos la sonrisa de Zaragoza", ha expresado.

Al igual que Santafé, otras voluntarias como Conchi García se han visto obligadas a cambiar sus hábitos diarios en el voluntariado zaragozano para ofrecer una ayuda adaptada a la nueva realidad.

"Al no poder realizar cosas en la calle, me he puesto a hacer mascarillas", ha confesado esta voluntaria de 54 años, que inició su andadura solidaria durante la Expo Internacional del Agua de 2008 y que, desde entonces, no ha fallado ni un solo año.

La confección de mascarillas es su último hito, después de haber colaborado con varios servicios sociales de atención a las personas de la tercera edad o recogida de alimentos.

Durante los primeros días del confinamiento, se dedicó a elaborarlas manualmente, gracias a unas sábanas que le proporcionó su hijo, un militar destinado en la localidad oscense de Jaca.

"Cortamos cuadraditos de 21 por 21 centímetros con pliegues y le ponemos una goma. Las hacemos dobles porque no es una protección al cien por cien, pero es más que nada", ha explicado la voluntaria.

De esa forma, ha logrado elaborar más de un centenar de mascarillas que le ha hecho llegar a una de las vecinas de su bloque de edificios que trabaja como enfermera en el Hospital Miguel Servet de Zaragoza.

"Ante una situación así te quieres involucrar más", ha subrayado García.

Las dos voluntarias han logrado mantener sus servicios gracias a la plataforma online Zaragoza Ayuda que pone en contacto a personas que necesitan ayuda con voluntarios y que ya ha sumado más de 5.000 colaboradores desde que comenzó el confinamiento.

 
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