16-05-2020 / 10:11 h EFE

Los ojos de Félix no dejan de sonreír bajo la mascarilla, ni siquiera cuando su aún precario español le genera alguna duda sobre las instrucciones que recibe de sus compañeros de la Cruz Roja. Ni su cuerpo, ni sus gestos, ni su mirada son los de un joven de 23 años, como tampoco lo es su historia.

En apenas cinco años, este tranquilo sierraleonés ha pasado de ser uno de los heroicos estudiantes de Enfermería que combatieron el último brote de ébola del África Occidental a reforzar las filas de la Cruz Roja en España, previo paso por el drama del Aquarius esquivando la muerte en Libia y en las aguas del Mediterráneo.

"Yo no tengo miedo al coronavirus, sé lo que hay que hacer para protegerse", explica relajado a EFE. "El ébola es mucho más feo", dice mientras muestra en el móvil una imagen suya con un denso equipo de protección individual amarillo, el que vestía para tomar muestras al cadáver de alguno de los cerca de 4.000 fallecidos que el ébola dejó en su país, una operación muy delicada dado que los cuerpos siguen siendo extremadamente contagiosos.

"Mi familia en África -cuatro hermanas y dos hermanos siguen en el país- se piensa que soy rico, pero no saben cuál es mi situación aquí. Vivir sin trabajar en Europa es muy complicado".

Félix fue uno de los 600 migrantes rescatados por el Aquarius y desembarcados en València hace cerca de dos años, solo uno de los afortunados actores secundarios de un drama que no tiene fin.

Dos de sus tutores en Sierra Leona murieron durante la crisis del ébola y tiempo después su padre murió en unas inundaciones. Decidió abandonar su país natal y en la búsqueda de una vida más cómoda encontró un puesto de trabajo en un hospital de Trípoli (Libia), pero también se topó con el racismo, las continuas palizas y los asaltos cada fin de mes.

"Pedí a un amigo que me ayudase a salir del país porque temía por mi vida. Me pagó el pasaje", y así fue como se embarcó en una patera hacia Italia; lanzó una moneda al aire, y salió cara.

"La travesía fue muy complicada. El bote empezó a tener problemas, vías de agua. Pasamos 28 horas en la mar sin comida ni bebida hasta que escuchamos un helicóptero y horas después vimos acercarse al Aquarius. Pensamos que desembarcaríamos en Italia, estábamos cerca, en la frontera entre Italia y Malta, pero empezaron a pasar los días y la situación de nuevo se hacía muy difícil. Cuando supimos que íbamos a ir a España fuimos felices, empezamos a cantar y a bailar".

Actualmente Félix Sesey es uno más de los inmigrantes que tramitan su solicitud de refugio en España y en su caso, además, trata de homologar sus estudios sanitarios para tratar de continuarlos en España y ejercer al nivel que se le permita.

"Sigo escuchando en mi cabeza a mi madre que me pide, por favor, que no cambie de profesión, que siga con lo que me hace feliz. A mí me gusta ayudar a la gente", insiste este excooperante de Médicos sin Fronteras en Sierra Leona y actual voluntario de la Cruz Roja y Protección Civil de Torrent (Valencia).

"Lo primero que hice cuando llegué a España fue ponerme a aprender castellano, es muy importante para mí. También hice un curso de atención sociosanitaria y he estado trabajando en una residencia durante seis meses, pero se me acabó el contrato en febrero", explica.

Cuando llegó el estado de alarma dejó su currículum en "muchos centros" y un hospital estuvo "a punto" de contratarle como enfermero, pero su certificado de estudios no está homologado en España. "En mi país siempre he ayudado en todo lo que he podido a quienes no tenían nada. No me gusta estar sentado en casa. Trabajar significa experiencia", repite.

Desde su puesto de voluntario en la Cruz Roja de Torrent (un municipio de más de 82.000 habitantes en el área metropolitana de València) colabora en la gestión de un almacén de alimentos y entrega comida a domicilio a los mayores de la localidad.

"Félix vino en su día a pedir ayuda y se la dimos", explica el presidente de la asamblea local de Cruz Roja Española en Torrent, Enrique Bea, "y ahora él viene como voluntario a devolverla. Desde el principio se ganó el cariño de todos sus compañeros".

Y Félix sigue sonriendo bajo su mascarilla a la espera de que su camino se acabe enderezando en España, porque lo que más anhela no es hacer fortuna, sino ayudar a los suyos, regresar un día a Sierra Leona en otras condiciones, "porque allí hacen falta muchos médicos, ¿sabes?".

 
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