25-05-2020 / 13:34 h EFE

Isabel Rivera -pelo negro, ojos inquietos, mascarilla de cuadros rojos- acarrea hasta el centro de la Rambla Just Oliveras una de las ocho mesas del bar Le Petit, que volverá a abarrotarse hoy a las 12 del mediodía como hacía meses, dos meses en concreto, que no lo hacía.

La apertura de las terrazas de los bares en L'Hospitalet de Llobregat con el paso a fase 1 supone, para unos -los clientes-, "una ayuda psicológica"; para otros -los restauradores- un atisbo de esperanza, aunque la alegría dista de ser unánime entre todos ellos.

"De momento vamos a probar nosotros, los dueños, antes de sacar a la gente del ERTE. Pero estamos fatal", explica Isabel, que se muestra entre prudente y pesimista sobre la jornada de hoy, en la que Barcelona y sus áreas metropolitanas pasan a la ansiada fase 1, que permite, entre otras medidas, que las terrazas reabran.

Cuesta hablar de la vida en el centro de Hospitalet sin mencionar al Trifàsic, uno de los bares con más solera y de los más queridos por los vecinos, aunque sus sombrillas cerradas indican que, para tomarse un café como los que dan nombre al bar, todavía habrá que esperar.

Armando, su dueño, se queja de la falta de claridad y anticipación por parte de las autoridades, dice que no tiene sentido que dejen abrir las terrazas pero no ir al baño a los clientes y que la apertura al 50 % del aforo es sinónimo de pérdidas: "Es de primero de hostelería".

Unos metros más allá, Carmen y Núria pueden considerarse afortunadas: sólo han tenido que esperar diez minutos hasta poder sentarse en la terraza del Porto Rico, uno de los bares más populares de la plaza del Ayuntamiento.

Estas dos amigas dicen que no tenían previsto sentarse en la terraza ni tomarse un café, que iban a hacer unos recados, pero que al pasar no pudieron resistirse y se apuntaron en la lista que maneja una estresada camarera que entra y sale del bar para que no se le acumule -todavía más- el trabajo.

"Estamos a tope desde las nueve de la mañana, que hemos abierto. La gente se tiene que apuntar en la lista, pero los que están sentados ya han empezado a pedir bocadillos de jamón y vamos desbordados", dice esta camarera, a la que esperan otros seis clientes haciendo cola para apuntarse en la lista, que se ha convertido en un bien preciadísimo en la plaza más céntrica de la ciudad.

Los temas de conversación entre la gente, eso sí, poco variados: que si el cambio de fase, que si menos mal que abren las terrazas o que si cuánta gente hay, "que parece que es domingo".

Si algo choca del centro a pesar del cambio de fase es que la concurrida terraza del Casino del Centre, en el cruce entre la Rambla Just Oliveras y la calle Major, todavía sigue vacía.

No por verlo con más frecuencia en paseos vespertinos se hace menos extraño, que este espacio de la ciudad, no sólo cafetería sino punto de encuentro y referente vecinal -el casino tiene además un equipo de baloncesto-, esté con la persiana bajada.

Corre, por ahora, la misma suerte que otro emblema del barrio (y rival en lo baloncestístico), el Centre Catòlic, que está unos metros más arriba del Casino y en el que tampoco hay rastro de las mesas ni de los clientes habituales que solían llenarlas, como Berta.

Esta joven no tiene terraza ni ventanas grandes en su piso, y dice que esperaba tomarse una cerveza en una terraza "como agua de mayo". Ahora lo ha cumplido y saborea una Estrella Damm en el bar Pica-Tapas, que está un poco escondido en una calle lateral pero en el que suelen (o solían) juntarse bastantes jóvenes del barrio.

"Cuánto había echado de menos este quinto", explica Berta, que dice -con otras palabras- que está un poco cansada de caminar cada tarde y que ya era hora de que abriesen las terrazas, que a ella, y como a tantos otros, le dan "la vida".

 
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