09-09-2020 / 17:39 h EFE

El historietista sevillano Pablo Velarde, autor de “Epílogo” y colaborador de “El Jueves”, ha reconocido este miércoles que, “aunque quede muy mal decirlo”, el confinamiento al que obligó la pandemia fue “una santa bendición”, porque le permitió trabajar en silencio, uno de sus mejores aliados en el proceso creativo.

En una entrevista con Efe, el autor de “Quintín Lerroux” ha reconocido que lleva toda su vida acostándose a las seis de la mañana por vivir la tranquilidad del silencio y que, durante el confinamiento por el estado de alarma, eso sucedía ya a partir de las siete de la tarde, sin gente en la calle y oliendo a campo.

Velarde llega a las Jornadas del Cómic de Avilés con “Epílogo” bajo el brazo, su última obra, que salió al mercado español hace un año y en febrero en Francia, para darse de bruces, después, con la pandemia y los confinamientos.

La presentación en España se pudo materializar en plazas como Sevilla, Madrid, Barcelona o Zaragoza, pero en Francia todavía no ha logrado poder hacer ni un solo acto de promoción del libro.

El sector cultural es uno de los más golpeados por la pandemia, sobre todo, en aquellas manifestaciones que requieren de la agrupación de público, pero en el caso de la literatura, del cómic en este supuesto, la situación se podría sortear, si las novedades logran llegar a los escaparates.

Otra cosa distinta es el encuentro con el lector, en las tradicionales colas para la firma de los libros, para las que Pablo Velarde ha ideado una alternativa que está teniendo buen encaje entre los libreros.

Se trata de que el lector compre el libro y dé sus datos para que el autor los firme y los entregue posteriormente al local de ventas para que ser recogidos ya dedicados, incluido dibujo original.

Velarde, arquitecto de formación, profesión con la que inició su vida laboral, quiso ser historietista desde que tenía seis años y se dejaba fascinar por el Sir Tim O'Theo de Raf o las series de Vázquez, que literalmente le parecían “flipantes”.

De modo que, una vez superada la "locura" de la Expo 92 de su ciudad natal, se enrola en una oportunidad que le surgió en Nueva Zelanda, donde tomó la decisión de dedicarse de por vida al cómic, como así hizo, empezando por trabajar, a los pocos días de llegar, en el principal periódico de aquel país.

Nueva Zelanda estaba inmersa, entonces, en una crisis “de caballo” y decidió dedicarse a los tebeos, que es lo que siempre ha querido hacer: “Soy el hombre más feliz del mundo, llevo unos 27 años dedicado a esto profesionalmente, al cien por cien, en todas las esquinas del mundo”.

Tiene en cartera un proyecto en el que se entremezclan las matemáticas y el dibujo, dos de sus grandes pasiones.

Una idea en la que ya trabaja está dirigida al público infantil al que, a través de historias, pretende hacer descubrir, como algo apasionante, el mundo de las matemáticas y la belleza que entrañan los números y las ecuaciones, para que los niños dejen de atragantarse con las mates, como parece una tradición entre generaciones, salvo excepciones, como la de Pablo Velarde.

 
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