08-10-2020 / 20:10 h EFE

Los sótanos de Stepanakert, en Nagorno Karabaj, están llenos de vida. Un grupo de mujeres ha logrado convertir un maloliente subterráneo en refugio, comedor, sala de juegos y dormitorio. Perdieron a sus padres y abuelos hace 30 años y ahora temen perder a sus hijos en el frente.

"No tenemos gas ni internet ni nada, pero comemos, bebemos, nos reímos y jugamos", comentó a Efe Rita, una de las inquilinas del sótano.

Son mujeres de diferentes edades que viven en un edificio de varias plantas construido hace 50 años, en tiempos soviéticos, y que ha sido objeto de ataques enemigos en todas las guerras entre armenios y azerbaiyanos.

VECINAS DE UN COHETE RUSO

Las huellas del último ataque están a la vista. Un cohete ruso Smerch sin explotar se encuentra literalmente clavado en el asfalto a unos pocos metros del portal del edificio.

Los zapadores no dan abasto. Poco importa. A la puerta del sótano las mujeres han habilitado una cocina de campaña. Una hoguera, una tabla de hierro oxidado y un par de ollas es más que suficiente.

"Estoy cocinando plovi", un plato de arroz dulce, explica sonriente Ilona, la más joven en el sótano.

Viven bajo tierra desde el 27 de septiembre. "Nos hemos traído todo lo que teníamos en casa. Las tiendas sólo abren una o dos horas al día. El Gobierno nos trae productos y medicinas. Ahora mismo nos acaban de traer pan", comenta.

"Mi marido está en el frente y yo trabajo en un hospital. Aquí nos apoyamos todos, jóvenes y viejos. Eso demuestra la unidad de nuestra nación", explica Ilona.

De noche hace frío, pero el sótano es muy acogedor. Está limpio y tiene suministro eléctrico. El habitáculo está presidido por un crucifijo y velas, por lo que parece una catacumba de los tiempos en que los armenios adoptaron el cristianismo hace 2.000 años.

Cuando entran los invitados, las mujeres están jugando al backgammon como si la guerra no fuera con ellas.

ODIO VISCERAL

Pero se enervan cuando se habla del enemigo. Y es que el edificio es un vivo ejemplo del odio étnico en el Karabaj desde el 28 de diciembre de 1991.

Entonces, un bombardeo sesgó la vida de ocho personas en ese inmueble.

"Yo perdí a mi marido y a mi hijo de 19 años. ¿Quién nos devolverá lo que perdimos? Entonces, tampoco nadie declaró la guerra", dijo Rita.

Otra mujer dispara a matar contra los azerbaiyanos. "Durante 30 años nos dedicamos a construir casas, escuelas, guarderías y a vivir pacíficamente. Mientras, ellos se armaban y se preparaban para atacarnos", señaló.

LA DIÁSPORA, ÚLTIMO RECURSO

Acostumbrados a vagar por el mundo -la diáspora armenia supera los diez millones de personas-, enviaron a sus niños a Armenia "para que no vean los horrores de la guerra".

"Nosotros debemos quedarnos para apoyar a nuestros hombres. Ellos luchan por nuestra tierra, ya que ésta es nuestra tierra", insiste.

Desde el estallido de las hostilidades la diáspora ha enviado cargamentos con productos y varias ambulancias al enclave, donde han muerto cientos de soldados y decenas de civiles en dos semanas de combates.

"Tengo a una prima en Valencia", dice una de las mujeres. "Y yo otra en Barcelona. Estamos en todo el mundo", añade otra de las presentes.

Quieren que Rusia intervenga cuanto antes y pare los pies a Turquía -estrecho aliado de Bakú- ya que, de lo contrario, advierten, "la guerra continuará durante muchos años y morirán nuestros jóvenes".

"Nosotros sólo vemos una salida a esta guerra. Que nos reconozcan como país independiente para frenar esta guerra y el derramamiento de sangre para siempre", asegura Ilona.

BOMBARDEO DE LA CATEDRAL DE SHUSHÁ

Además de volver a martillear las defensas karabajíes en las afueras de Stepanakert, Azerbaiyán se cebó hoy de nuevo con la histórica ciudad de Shushá, donde resultaron heridos varios reporteros, uno de ellos grave.

Si hace dos días alcanzaron el centro cultural de la ciudad -según algunas fuentes murieron varias decenas de personas-, hoy los aviones y drones azerbaiyanos golpearon dos veces la Catedral de Cristo Salvador.

Como pudo comprobar Efe, los proyectiles abrieron un boquete en el tejado del templo y, al menos uno de ellos, pareció explosionar en su interior, dejando un reguero de desperfectos, escombros y polvo.

También estallaron casi todas las cristaleras de la iglesia, construida originalmente en el siglo XIII, reconstruida totalmente en el XIX y cuyo sótano sirve de refugio nocturno.

El líder karabají, Arayik Arutunian, tachó el bombardeo de "acto de vandalismo contra las leyes del hombre y de Dios", responsabilizó a los terroristas y prometió su pronta reconstrucción.

Azerbaiyán negó el ataque, aduciendo que Bakú no tiene por objetivos edificios religiosos o monumentos históricos, sino sólo instalaciones militares.

 
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